¿Los juguetes para niñas alejan a las esclavas del trabajo?

 

Existen personas que aseguran que las mujeres y los hombres somos iguales, que podemos hacer las mismas cosas o que poseemos los mismos derechos y obligaciones: nada más lejos de la realidad.

Tal vez esas personas se reproducen sin sexo. Tal vez son hombres que amamantan o mujeres que no ovulan (porque hay excepciones a la regla). O tal vez simplemente no entienden los roles naturales de cada género.

¿Las mujeres existimos sólo para ser madres?
La respuesta corta es: Sí.
Porque si no existiera la maternidad, la naturaleza no habría desarrollado dos sexos que permitan a cada especie realizar brincos genéticos y todos seríamos iguales, reproduciéndonos por mitosis.
Eso NO significa que la maternidad sea TODO lo que puede hacer una mujer, pero es un motivo existencial otorgado por la naturaleza a todo el género femenino, sin  importar la especie. Con excepciones que son anomalías (no buenas ni malas).

Empleados y “Niñas Bien”

La maternidad es un privilegio natural que nos vuelve el tesoro de las especies pues nos hace responsables no sólo de cargar con nuestra propia supervivencia, sino con la de un individuo ajeno a nosotras que hemos elegido para combinar nuestros genes. La perpetuidad del otro individuo (un macho) depende directamente de lo que nosotras hagamos durante el tiempo de gestación, así que en las especies más evolucionadas los machos comenzaron a desarrollar los valores paternales: cuidar a la madre de sus hijos.

La evolución llegó hasta el Ser Humano, cuyas mujeres crearon una institución binaria que asegurara este cuidado: El casamiento.
Todos los machos que quisieran reproducirse debían buscar a una hembra soltera en otra gens (figura social predecesora de la familia) y quedarse a trabajar para ella. Así que ellas también inventaron la castidad:

Las mujeres debían ser selectivas, pues mientras un hombre podía concebir 700 hijos en un año, las mujeres sólo pueden concebir uno o dos.
Para evitar quedar embarazadas de un patán poco comprometido, es decir socialmente retrasado, las mujeres prehistóricas crearon la virtud de mantener su virginidad hasta que alguno de los galanes se comprometiera PÚBLICAMENTE a trabajar para su gens.
Esta es la razón de que la violación, las mujeres promiscuas y las prostitutas siempre hayan sido mal vistas, pues sin ellas el único modo que habría tenido un hombre para copular era comprometerse a trabajar para una gens.

Esclavitud Femenina

Ya en el siglo XX y para poderse impulsar con la caída del Tercer Reich, los estados liberales de América comenzaron una carrera armamentista de proporciones inauditas que implicó, entre muchas otras cosas, la aceleración de la industria y la creación de una serie de empleos que necesitaban ocupantes.

Entonces, y en los años posteriores a la guerra, comenzaron a gestarse las “revoluciones femeninas” que exigían trabajo para las mujeres y la desaparición del modelo binario de casamiento, haciéndoles creer que eran tan fuertes que no necesitaban familia.

Comenzó una lluvia de propaganda que duró más de medio siglo, pero las personas resultaron ser demasiado ingenuas y las mujeres pensaron que salir a trabajar para ser independientes era un verdadero logro.

La sociedad se volvió permisiva:
La mujer pasó de ser una privilegiada natural a una víctima indefensa que siempre había sido una fracasada y débil y necesitaba ayuda para darse cuenta.
El hombre pasó de protector familiar a tirano violador.
El Ama de Casa pasó de ser la dueña de un patrimonio a ser una aberración esclavista.
El sexo se hizo desechable y el casamiento se volvió una prisión de la que hay que escapar:

Millones de parejas viven por muchos años en unión libre, pero más de la mitad de los matrimonios se divorcia en sus primeros dos años.

Ahora, las mujeres “modernas” podemos ir a una escuela obsoleta para aspirar a ser las empleadas de alguien que nos pague una miseria por trabajar desde un país “tercermundista” como a cualquier hombre, pues ya no nos tenemos que casar. Somos libres de los desgraciados.
Ya no tenemos que ser “sus” denigrantes Amas de Casa como lo fueron nuestras madres o abuelas: podemos dejar a nuestros hijos al cuidado de alguien más, mientras trabajamos para mantener solas un departamento en el que apenas vivimos con la esperanza de una frustrada vida hedonista que llamamos “comodidad”.

Hijos de las marcas

Ya bien entrados en propaganda durante dos generaciones, lo más culto resultó ser defender a capa y espada la esterilidad presentada en distintos tamaños y formas: una de ellas, la denigración del Ama de Casa.
Ya no es “culto” aspirar a ser Ama de Casa o vivir unida a un hombre de forma permanente. ¿Por que?

Porque las Amas de Casa no van a bares con sus amigas a gastarse la quincena. Porque las Amas de Casa no buscan novio. Tienen prioridades de consumo que giran en torno a la familia y no en torno a ellas mismas y la eterna búsqueda adolescente de identidad. Las Amas de Casa ahorran el dinero y eficientan los tiempos del resto de la familia. Son el eje del hogar.

Sin Amas de Casa lo que queda son generaciones de niños que sólo reciben la parte de mujer que el empleamiento no quiere ver: frustración, estrés y hastío; mientras son educados por alguna persona ajena que en el mejor de los casos no tiene un interés específico en ellos. Niños que no pertenecen a ninguna parte: eso es lo que las marcas necesitan.

Porque el ser humano siempre necesita pertenecer, ayudar y hacerse ayudar. Es decir: una familia. Y si no la tiene la va a conseguir, ya no en una pandilla o secta (ya quisiéramos) sino en la Familia Apple, la Familia Coca-Cola o la Familia Starbucks y mucha cerveza. Nunca más Pérez, Gómez o López: sólo millennials.

 La tesis de los juguetes

La estupidez colectiva puede ir desenvolviéndose crónicamente hasta puntos asombrosos y es exactamente lo que hizo:
Las exAmas de Casa y demás millennials comenzaron a buscar al “culpable” de que existiera la familia, llegando a la brillante conclusión de que fue una mezcla quimérica entre la Iglesia Católica, algunos hombres cobardes que se hacían los rudos para no admitir su homosexualidad (que sólo es buena cuando es pública y afeminada) y padres de familia ignorantes que habían vestido a sus hijas con ropa hecha para mujer, les  habían comprado juguetes que simulaban maternidad y las habían llevado a ver películas de amor (desde quién sabe cuándo).

Así, una mujer no tenía la “culpa” de ser mujer o de querer ser madre, sino que era culpa de sus juguetes (es decir que los gays de clóset y la Iglesia Católica han oprimido a las mujeres desde el Antiguo Egipto) siendo la reproducción abiertamente mal vista, como un deseo egoísta de hombres opresores que se organizaron para ser malvados y cosechar a la mujer sólo para crear más hombres.

Mujeres Libres

Lo único moralmente bueno que puede hacer una mujer en esta sociedad es SER LIBRE, lo que ahora sólo significa promiscuidad entre látex y ahorrar nuestros pesitos esclavos para irnos una semana de paseo a un país “más civilizado”. Tarde o temprano la mayoría de las mujeres tiene hijos y entonces tanto feminismo se queda varado en maternidad soltera. Aquí empieza otra serie de campañas publicitarias, ahora para recuperar la libertad y juventud que perdimos por ser madres.

Estas campañas de esterilidad general no se enfocan a los hombres. Ellos que sigan intentando. Que renten un departamento, consigan un buen coche y paguen todas las primeras citas que puedan pagar. Que se bañen con Ego, se perfumen con Klein y se vistan con Rabanne: Entre más grande sea la aspiración y más baja el autoestima, más grande será el despilfarro.
Perpetuamente en la primera cita.

Ya no importa. La industria postguerra terminó y con las nuevas tecnologías se necesitan cada vez menos esclavos.
Ahora mágicamente la mayoría de las mujeres prefiere extinguirse.
¿Hijos? ¿Para qué? Mejor rodearnos de gatos y perros que nos hagan olvidar que millones de años de evolución se acabaron en nosotras.

 

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Sobre el autor

Michelle Padilla Dahl
Michelle Padilla Dahl
Nacida en Ciudad de México. Criada en Baja California Sur.
Tiene una obsesión con el Tiempo, con las langostas y con Édith Piaf.
Habla fluidamente inglés y francés pero le parece más elegante el español.
Reside en la Ciudad de México desde 2014.

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